Culpable (III – Una pequeña esperanza)
Bill sollozaba vistósamente. Hipaba y gritaba cuando los sanitarios quisieron separarle para subir al mayor a una camilla. Viendo la ambulancia partir con la sirena encendida, comenzó a patear todo aquello que se encontrara a su alcance, con rabia.
Gustav se acercó y le abrazó, tratando de calmar el convulso cuerpo de su amigo.
- ¿Q-qué ha sucedido, Gustav?- Los ojos de Bill estaban anegados en lágrimas.
- No lo tengo muy claro. Al parecer Tom se acercó a la chica inadecuada.
- El novio de la chica andaba cerca, y estaba muy enfadado.- añadió Georg- parece ser que cuando Tom salió de la mano de la chica, este le estaba esperando. Rompió un vaso y lo clavó en el vientre de tu hermano. El pobre cayó al suelo, golpeándose en la nuca.
- No hacía falta que fueras tan explícito.- Gustav miraba preocupado al menor de los gemelos. El cuerpo de Bill se sacudía con más fuerza que antes, y las lágrimas habían destrozado completamente su maquillaje. Bill mientras miraba a su alrededo, angustiado. Vio a una joven rubia, muy bonita, con los ojos enrojecidos y la cara demacrada. Se notaba que había estado llorando. Tuvo un acceso de ira, y, librándose del abrazo de Gustav, se acercó a la chica, propinándole un bofetón. Ella se quedó tal cual, como si estuviera en shock, como si nada pudiera ya afectarla. Después Bill, consciente ya de su acto, se agachó pidiéndole disculpas.
- Lo entiendo. Es todo culpa mía.
- ¿Cómo se te ocurrió?
-¡Él y yo ya no estabamos juntos, le acababa de dejar!… No tenía derecho a hacerlo.- A la chica se le quebró la voz, rompiendo de nuevo a llorar.
Bill, a pesar de como se sentía, tuvo la necesidad de consolarla. Al fin y al cabo, ella no era quien había herido a su hermano. Le dio un abrazo y sacó de su chaqueta algo de dinero para un taxy. “¿Cómo diablos ha llegado mi chaqueta aquí?”. Entonces recordó que al ver la sangre la había cogido, dispuesto a salir corriendo a donde hiciera falta. Y eso hizo.
- ¡Bill! ¿¡Dónde vas!?- Gritó Georg, viendo a su desolado amigo correr a traves de la puerta abierta.
- Parece obvio, Georg, déjale, hay tráfico, tardará menos corriendo. Además, así descarga toda la adrenalina que lleva encima, lo necesita.- El rubio tenía razón.
Bill corría. Corría sin aliento, con punzadas en el estómago y el aire helándole la garganta. Corría por el atajo más corto que conocía para llegar al hospital. Corría en contra del viento, desesperado, y a pesar de que le faltaba el aire en los pulmones, gritaba. Sentía cómo las cálidas lágrimas que rodaban por su rostro eran rápidamente empujadas hacia atrás por el viento que le venía de cara.
Al fin llegó a la zona de urgencias del hospital, donde estaba llegando también la ambulancia, debido a que se había encontrado con el atasco que había dicho Gustav. Justo cuando sacaban a su hermano en la camilla, él le tomaba la mano. Volvía a estar consciente, aunque se veía que no duraría así.
- Tommy…¿Sabes qué? Te prohibo morirte. No puedes, ¿de acuerdo?- Le susurraba mientras corría al lado de los sanitarios, aferrando su mano con fuerza.
- Billy…
- Lo se, Tom. No te esfuerces. Te quiero.
Miró suplicante a los médicos y enfermeros que le volvían a separar de él.
Una joven doctora se acercó a él y le preguntó si era un familiar.
- ¿Un familiar? Es mi jodido gemelo.
- Entonces ven. Necesita sangre, la tuya le vendrá de maravilla.
Le llevó a un lugar separado por unas cortinas del resto, le tumbaron en una camilla y le extrajeron la sangre que había de salvar a Tom.
* * *
- Su estado es grave, pero se encuentra estable en estos momentos. Ha perdido mucha sangre, y el golpe en la nuca le provocó una hemorragia intracraneal en la zona occipital. En unas horas le prepararán para operarle.
- ¿Operarle? No le quitarán las rastas…- Comentó Gustav, intentando aliviar la tensión que se advertía en el ambiente.
- No, no al menos todas. Debido a que la hemorragia es pequeña y el procedimiento es mínimamente invasivo, solo afeitaremos la parte a operar y la zona inmediatamente cercana, el resto se cubrirá con tejidos esterilizados, pero nada más.
- ¿Puedo pasar a verle?- Pidió Bill.
- En media hora, cuando las enfermeras terminen con lo que están haciendo, podrás pasar un ratito, pero no aseguro que vaya a estar consciente.
- Gracias, verle es suficiente- murmuró el menor, hundiéndose en el sofá de la sala de espera. Las palabras de consuelo de Georg y Gustav apenas conseguían calmarle. Temía no volver a ver en buen estado a su hermano, no poder jamás abrazar su cuerpo en la noche cuando creía que los monstruos le devorarían. La sola idea de no volver a escuchar su risa hacía que su cuerpo se convulsionara, que se llenaran de lágrimas sus ojos, que temblara tanto que se lo contagiara a sus amigos, los cuales le abrazaban para, en vano, tratar de calmar los temblores que asaltaban al deshecho muchacho.
Dos jóvenes enfermeras salían de la habitación de Tom riendo distraidas, ajenas a todo el dolor a su alrededor. Le habían lavado, limpiando sus heridas, y le habían vestido con una de esos camisones de hospital que tanto odia todo el mundo.
Bill, al verlas salir, se abalanzó sobre la puerta. Georg iba a seguirle, pero Gustav le agarró de la muñeca. Debían dejarles solos, Bill lo necesitaba, y posiblemente Tom también.